Dec
24

¡Bien hecho, Ratzi!

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En una de esas noticias que ya no sorprende a nadie, Joseph Ratzinger utilizó una buena porción de su clásico discurso de fin de año para arremeter contra los homosexuales. Sí, parece ser que a Ratzinger ya se le hace imposible llamar a la paz, al amor y a la reflexión sin tener que explicar por qué su institución sigue odiando a los homosexuales—y por qué todos deberíamos de hacer lo mismo.

¿Lo irónico? Según cifras recientes, el 59% de los católicos en Estados Unidos están a favor del matrimonio homosexual. Así que a pesar de las diatribas que Ratzinger escupe desde su trono sagrado en Roma, (afortunadamente) cada vez hay más católicos que lo oyen como oír llover.

Me parece increíblemente divertido que los enemigos más grandes de la Iglesia Católica no sean esos ateos malnacidos, inmorales y secularistas (¡ !) que Ratzinger y su gente se han empeñado en mencionar cada vez que abren la boca, sino el clero mismo—con Ratzinger a la cabeza. En cada aparición pública hacen gala de su desconexión de la realidad mundial y de la inversión de sus prioridades: cada vez es más claro que para ellos es más importante perseguir y condenar enérgicamente a los hombres y mujeres que se sienten atraídos por personas de su mismo sexo que a los hombres con sotana que violan niños.

Ya hasta se está haciendo un poco redundante señalar la irrelevancia y la ridiculez de las opiniones que este anciano emite sentado desde su trono dorado en Roma—él está haciendo un excelente trabajo por su cuenta.

¡Sigue así, Ratzi, estás haciendo un gran trabajo!

Nov
25

Sobre la blasfemia y otras ofensas imaginarias…

Acabo de enterarme, a través de una noticia de elPeriódico, que un acto programado para hoy a las 11:00 en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, con el propósito de develar una nueva escultura de Manolo Gallardo dedicada al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, fue cancelado.

¿Por qué?

Según elPeriódico, desde hace unos días comenzó a circular en internet un documento solicitando firmas digitales y hacerla llegar a Elizabeth Quiroa (directora de la Seprem) para pedir la cancelación del evento porque “[e]s una burla y una falta de respeto a todos los cristianos en el mundo, en especial a las mujeres. Exigimos respeto a las creencias cristianas quienes somos la mayoría en la población guatemalteca.”

Para comenzar, no creo que sea una “burla y una falta de respeto a todos los cristianos en el mundo.” Yo conozco a varios que no son tan mojigatos y que saben respetar el derecho a la libertad de expresión de todo el mundo, no únicamente de quienes piensan como ellos. De todas maneras, ¿en dónde está la burla y lo ofensivo? ¿En que la obra representa a una mujer desnuda y (aparentemente) crucificada? No sabía que los cristianos tienen derechos exclusivos sobre historias, pinturas, esculturas y otras obras de arte que contengan crucifixiones. No hacen falta cruces ni clavos (los cuáles no están presentes en esta escultura), una pose sugestiva es suficiente.

Si a estos ultra-religiosos los ofende ver a una mujer desnuda (supuestamente) imitando a su héroe de ficción, a mí lo que me encabrona es que estas personas mojigatas, retrógradas, hipócritas y—hay que decirlo—sumamente imbéciles, una y otra vez se salgan con la suya y logren pisotear el derecho a la libertad de expresión de quienes no comparten los mismos “valores” que ellos. Si un homosexual o un indígena sufre de burlas, abusos, discriminación y otras cosas, tiene que mover cielo y tierra para que lo escuchen y para que las autoridades actúen. Pero si alguien hace un dibujito que se burla de Jesús, en cinco minutos ya está solucionado el asunto.

Por otro lado, es evidente que la capacidad de indignación de estas personas es muy selectiva y muy limitada. Cuando se hizo público que en la Iglesia Católica violaban niños con total conocimiento de sus más altas autoridades y que se protegía a los ofensores, ¿en dónde estaban todos estos defensores de la única, verdadera y superior moral cristiana? ¿Acaso cuando un cura manosea y penetra a un niño en su oficina, eso no califica como “una burla y una falta de respeto a todos los cristianos en el mundo”? Juzgando por sus acciones, es evidente que no.

No deja de asombrarme su rapidez para ofenderse y poner el grito en el cielo por una broma, un chiste, una tira cómica, una columna en un diario o una obra de arte y su sepulcral silencio a la hora de llamarle la atención a los feligreses o los líderes de su iglesia cuando cometen un error o cuando actúan con irresponsabilidad. En el caso de los musulmanes, cuando se dibuja a su profeta, gritan a los cuatro vientos que han sido víctimas de una grave ofensa, pero cuando sus homólogos extremistas queman embajadas, amenazan a escritores y caricaturistas o asesinan a directores de documentales, no se escucha ni un suspiro de parte de los “creyentes moderados” para denunciar tales atrocidades. Veo a muchas personas ofenderse por caricaturas, pinturas o esculturas y exigir “respeto”, pero cuando deben de hablar en contra de los sacerdotes pederastas, de Wojtyla por haberlos protegido o de Ratzinger por mentirles a los africanos sobre los preservativos, brillan por su ausencia.

Lamentablemente es casi exclusivamente la comunidad secular/atea quien denuncia estos atropellos. Ya es hora de que con el mismo ahínco con el que protestan por tiras cómicas, columnas de opinión, esculturas o chistes en Facebook, también protesten por todos los abusos que se cometen en nombre y por causa de lo que dicen sus líderes y sus libros “sagrados.” También es hora de que se den cuenta de que se respeta a las personas, no a las ideas (dentro de las cuales se incluyen las religiones) y que todos tenemos derecho de expresar abiertamente lo que pensamos sobre X o Y asunto sin que tengamos que callarnos porque a Fulanito le ofende.

Hipócritas. Hipócritas everywhere.

Sep
23

Concurso de videos de Project Reason 2012

Todos los años, desde 2010, Project Reason organiza un concurso de videos que apelen a la creatividad y a la originalidad para promover la razón y el librepensamiento. Los ganadores de este año ya fueron anunciados en la página de Project Reason y están muy buenos.

Primer lugar: Conflict.

 

Segundo lugar: La creación del Génesis, visualizada científicamente.

 

Lamentablemente, el video ganador del tercer lugar—El dogmatismo no es patriótico—no está disponible. Si alguien lo encuentra, por favor avísenme. ;)

Sep
11

11.09.01

Si usted nació después de 1970—si no me fallan mis cálculos—y escuchaba rock alternativo, seguramente hay dos eventos que recordará con bastante detalle; uno bastante más importante y trascendente que el otro. Ambos han inspirado muchísimas teorías de conspiración que proponen intrincados y malévolos planes para llevarlos a cabo y mantener engañada a la población. Estupideces sin sentido que únicamente logran desviar la atención de lo que realmente sucedió y no permiten aprender adecuadamente de la experiencia.

El primero ocurrió el 8 de abril de 1994: Kurt Cobain fue encontrado en su casa de Seattle con un escopetazo en la cabeza. Llevaba tres días de estar muerto. Todavía recuerdo la sensación de incredulidad que me invadió cuando junto a uno de mis mejores amigos en aquella época vimos a Kurt Loder de MTV News dar la noticia. Jamás volveríamos a escuchar un disco nuevo de Nirvana. El segundo ocurrió el 11 de septiembre de 2001: los ataques terroristas al World Trade Center en New York y el Pentágono en Washington D.C. En esta ocasión, pude ver en la televisión—junto a casi el mundo entero—cómo se iban desarrollando los eventos de ese fatídico día. Había ido a la universidad únicamente a hacer un examen de matemáticas a las 7 de la mañana. Cuando regresé a mi casa, encendí la televisión y me topé con la noticia de que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas. En ese momento CNN y todas las demás cadenas de noticias hablaban de la situación como un desafortunado accidente. Extraño, sí, pero un accidente al fin y al cabo. No tenía ni 15 minutos de haber encendido la televisión, cuando pude ver en vivo al segundo avión impactarse contra la segunda torre. Ahora el texto de la parte baja de la pantalla decía: “America under attack”.

Es materia para debate—seguramente inútil—pero muchos dicen que la música nunca volvió a ser la misma luego de la muerte de Cobain; lo que sí es indiscutible es que el mundo nunca volvió a ser el mismo luego del 11 de septiembre de 2001. En gran medida porque los terroristas lograron su cometido: sembrar el miedo en los corazones de millones de ciudadanos estadounidenses. El nivel de paranoia que se vive en un aeropuerto en Estados Unidos es impresionante, al grado que una botella de Coca-Cola es vista como un arma mortal en potencia y se prohibe subirla a bordo de un avión. Pero ese no es el tema que quiero tocar en este texto.

Otra razón por la que el mundo nunca volvió a ser el mismo es porque ver a 19 arquitectos, maestros de primaria o ingenieros mecánicos estrellarse contra un edificio a 800 kilómetros por hora en el nombre de Allah despertó a muchas personas no-creyentes de un largo sueño. En palabras de Richard Dawkins: “Muchos de nosotros veíamos a la religión como tonterías inocentes. Las creencias [religiosas] pueden no tener ninguna evidencia que las soporte pero, creíamos, si las personas necesitan esa muleta para obtener un consuelo, ¿en dónde está el daño? El 11 de septiembre lo cambió todo.” Sam Harris, en ese entonces un desconocido estudiante graduado de la carrera de filosofía por la Universidad de Stanford y aspirante a un doctorado en neurociencia por UCLA, publicó un libro en 2004 llamado The End of Faith: Religion, Terror and the Future of Reason (El fin de la fe) que sirvió como el catalizador de todo un nuevo movimiento irreligioso: “The New Atheism” (como se le suele llamar casi despectivamente).

Contrario a lo que muchas personas pueden pensar, el ateísmo no es un fenómeno nuevo, característico de nuestras sociedades postmodernas; las personas que no creemos en deidades han existido desde que existen creencias religiosas o divinas. La particularidad del “Nuevo Ateísmo” está en que propone poner a la religión bajo el microscopio para analizarla y criticarla de la misma manera en la que se analiza y critica cualquier otro fenómeno natural, sin concederle ningún lugar privilegiado que la inmunice, como ha estado en gran medida hasta hace pocos años. Eso es precisamente lo que intento hacer en este rincón del internet.

A mí criterio, los sucesos del 11 de septiembre de 2001 fueron una prueba horrorizante de lo que los seres humanos son capaces de hacerse cuando están totalmente convencidos de lo que creen; sobre todo, cuando dichas creencias tienen que ver con lo sobrenatural. Así que a 11 años del horror vivido esa mañana, quiero decir algo: Es común escuchar de boca de muchas personas que la fe mueve montañas. Personalmente, yo nunca lo he visto; pero sí he visto lo que puede hacerle a los rascacielos.

Téngalo en mente.

 

Jul
31

Un conflicto ignorado

En 1997, el prominente paleontólogo y biólogo evolucionista Stephen Jay Gould escribió un ensayo para la revista Natural History en el que exponía sus opiniones sobre la relación entre la ciencia y la religión. Dos años más tarde, este texto se iba a convertir en la base para un libro (Rocks of Ages) dedicado a explorar la relación entre ambas y a refutar la percepción de que existe un conflicto entre los descubrimientos de la ciencia moderna y las diferentes creencias religiosas de la humanidad. Es, también, una postura muy aceptada por la mayoría de personas.

Gould, a pesar de no ser creyente, dijo haber sido inspirado por la encíclica papal de Pio XII, Humani Generis (1950), para adoptar la posición de que la ciencia y la religión son dos dominios o “magisterios” diferentes del conocimiento humano que no se traslapan entre sí (Non-overlapping magisteria o NOMA). Gould define un magisterio como un dominio en el cual una forma de enseñanza tiene las herramientas apropiadas para resolver los problemas que le conciernen. La ciencia, según Gould, se encarga del mundo empírico: de estudiar los materiales de los que está hecho el Universo, de indagar en la naturaleza y de describir la forma en la que éste funciona. El magisterio de la religión, en cambio, se ocupa de preguntas sobre propósitos finales, sentido vital y valores morales. Estos magisterios, según Gould, nunca se traslapan y no abarcan todos los dominios del conocimiento humano; existen otros como el de las artes, por ejemplo, que se ocupan de otras áreas importantes.

Durante la época de conflictos entre el modelo heliocéntrico y el pensamiento de la Iglesia, Galileo Galilei expresó una opinión muy similar, atribuida al cardenal Cesare Baronius: “La Biblia fue escrita para decirnos cómo ir al cielo, no para decirnos cómo van los cielos.” Es decir, que la Biblia es un libro que nos da los fundamentos morales para vivir bien y reunirnos con el dios cristiano después de la muerte, no un tratado científico que describe los movimientos de los astros o la estructura del ADN. Dados los contenidos del libro, la visión de la Biblia como una “guía moral” siempre me ha parecido bastante extraña – sobre todo viniendo de una persona de la estatura intelectual de Galileo. Sin embargo, esos eran tiempos difíciles en los que expresar una opinión contraria al statu quo podría traer consecuencias fatales. ¿Qué pensaba realmente Galileo? Creo que nunca lo sabremos.

En el mismo año en el que Gould publicaba Rocks of Ages, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (NAS, por sus siglas en inglés) tomó una actitud muy similar. En un documento llamado Science and Creationism (Ciencia y creacionismo), afirmó que “[l]a ciencia y la religión ocupan dos áreas separadas de la experiencia humana. Exigir que se combinen, despoja de parte de su gloria a ambas.”

Luego, en un documento distribuido gratuitamente para alentar a la enseñanza de la Teoría de la evolución en las escuelas, afirmó que “Si Dios existe o no, es una pregunta sobre la cual la ciencia permanece neutral.” Esta postura ha tenido bastante peso, pues los miembros de la NAS son científicos aclamados y competentes; entre sus filas se han contado a personas como Albert Einstein, Kurt Gödel, Richard Feynman, Roger Penrose, James Watson y Francis Crick. La gran mayoría de personas considera que estas posturas y otras similares, aparte de ser nobles y muy prácticas, son intelectualmente coherentes y son favorecidas por la evidencia – es decir, son “verdaderas”.

Pero, ¿es realmente este el caso?

En 1998, un año antes de que la NAS adoptara el NOMA de Stephen Jay Gould, la prestigiosa revista científica Nature publicaba un estudio sobre las creencias religiosas de los científicos. Los únicos datos existentes hasta ese momento eran los de unos estudios realizados por un psicólogo muy prominente llamado James H. Leuba. En 1914, Leuba encontró que el 58% de un grupo de 1.000 científicos escogidos al azar dudaban o no creían en dios(es). La cifra aumentaba hasta 70% cuando se tomaba en cuenta únicamente a los científicos considerados como los “más grandes”, es decir, los que más habían contribuido a aumentar el conocimiento en sus respectivos campos.

Leuba repitió su estudio 20 años más tarde y encontró que las cifras habían cambiado considerablemente. Entre el primer grupo “promedio”, el porcentaje de no creyentes había aumentado a 67% y entre la élite científica a un 80%. Era el primer indicio de una correlación (aunque desconocida) entre conocimiento científico y un marcado escepticismo religioso.

El estudio publicado en Nature en 1998 emuló el primero de Leuba y encontró poca variación en los resultados – el 61% manifestaba dudas o ausencia de creencias religiosas. Luego repitió el proceso únicamente con miembros de la NAS. A pesar de seguir con la tendencia, la variación fue enorme en relación a los estudios anteriores—únicamente el 7% dijo creer en algún dios. La diferencia, no únicamente con los estudios de Leuba, sino también con los porcentajes de creyentes y no creyentes en la población general, sugiere una cosa: la ciencia  parece tener algo que decir con respecto a la religión y a la existencia de dios(es), y lo que parece decirles a quienes más conocen de ella es que las religiones y los dioses son productos de la imaginación humana.

Así aparece la primera gran contradicción entre las palabras de Gould y de la NAS, y los datos empíricos del mundo real. Si la ciencia realmente no tiene nada qué decir sobre la veracidad de la religión, ¿entonces por qué ha ido aumentando tanto el porcentaje de no creyentes entre los científicos más destacados? Si la ciencia es “neutral” en estas materias, ¿por qué el 61% de los miembros de la comunidad científica y el 93% de los más destacados no cree en las religiones? A pesar de no ser un argumento lógico del cual podamos derivar una conclusión definitiva, estos hechos son muy interesantes y vale la pena reflexionar un poco sobre ellos.

Existe otro problema mucho más serio con el NOMA de Gould. Si bien él y muchas otras personas aseguran que la ciencia y la religión no se traslapan porque hablan de dos cosas totalmente diferentes y que cualquier conflicto que pueda haber entre ellas se debe a malos razonamientos, esto no sucede en la práctica.

Uno de los componentes principales de la gran mayoría de religiones es que tienen una posición cosmológica o cosmogónica. Tienen libros sagrados o tradiciones orales que nos cuentan quién creó el mundo (o quiénes), cómo, cuándo, por qué y hacia dónde va. También nos cuentan sobre sucesos supuestamente históricos, algunos lineamientos morales, y algunas explicaciones del funcionamiento de la naturaleza. Al hacer este tipo de aseveraciones, la religión irrumpe en el terreno de la ciencia y se somete así a su análisis.

Si el Popol Wuj afirma que el panteón de dioses mayas creó el mundo a partir de la nada y a los humanos a partir del maíz luego de intentos fallidos con el barro y la madera, esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Si las historias de los navajo cuentan que la “araña abuela” tejió los cielos y luego los unió con rocío, creando las estrellas, esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Si la Biblia afirma que YWHW, el dios judeocristiano, creó los cielos y la Tierra a partir de la nada en seis días; a la Tierra antes que al Sol; al primer hombre a partir del polvo y a la primera mujer a partir de una costilla de éste, ¿adivine qué? Esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Y en estos tres casos – al igual que en todos los demás – se reconoce el valor artístico, antropológico y literario de las historias, pero son refutadas por los conocimientos obtenidos en los últimos cuatro siglos de exploración científica. Nadie sabe cómo se creó el Universo – falta mucho por explorar. Pero eso no es una invitación a llenar esas lagunas de ignorancia con cualquier historia que se nos ocurra.

Desde la perspectiva occidental, muchos de estos mitos con comprendidos precisamente como eso, como mitos. Sin embargo, otros como el judeocristiano siguen siendo aceptados por miles de millones de creyentes alrededor del mundo como verdades reveladas por el creador del Universo. Lo mismo sucede con los códigos o lineamientos morales. “Los cristianos son los verdaderos, los otros son mitos”, dicen con confianza. En cuál tradición religiosa o en qué concepto de dios usted cree depende de la época y el lugar de su nacimiento, así como de la educación que haya recibido en casa. ¿No resulta curioso que en la gran mayoría de casos, padres cristianos den a luz a hijos cristianos, padres musulmanes a hijos musulmanes, padres hindúes a hijos hindúes o padres judíos a hijos judíos? Ese es otro punto que vale la pena reflexionar más detenidamente.

Incluso en el campo de la ética y de la moral, ciencia y religión se traslapan cada vez más. La moral religiosa suele basarse en lo que dicen sus textos sagrados y sus tradiciones orales, y en los subsecuentes razonamientos de personas como Hammurabi, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Maimonides, Avicena, Lao-Tsé y muchos otros. Algunos de estos códigos son sensatos y presentan buenas ideas para vivir bien, pero también contienen elementos absurdos, cuya moralidad es bastante cuestionable; son dogmáticos y si es que algún día se modifican, toman siglos en hacerlo y no se deben a nuevos conocimientos generados por la religión, sino a presiones seculares. La condenación de la homosexualidad, el machismo latente, la obsesión con el sexo y la virginidad, el abierto tribalismo y la condenación de tantos pensamientos y emociones puramente humanas han traído consecuencias horribles y mucho sufrimiento innecesario para muchas personas.

Creo que Nietzsche dio en el clavo cuando escribió en La gaya ciencia que “la obsesión del cristianismo con ver al mundo feo y malo, ha hecho al mundo feo y malo.” ¿Realmente cree que—si existe—al creador del Universo le interesa lo que hacemos con nuestro cuerpo cuando estamos desnudos o si la persona a la que amamos tiene lo mismo que nosotros en medio de las piernas?

Por el otro lado, con los más recientes avances en las neurociencias, las ciencias biológicas-evolutivas y algunas de las humanidades, vamos avanzando—progresivamente—hacia un mejor entendimiento de nuestra humanidad, los orígenes de nuestra moralidad, y las formas más convenientes de tratarnos unos a otros. No son maneras perfectas, pero tal vez tenemos que dejar de concebir a la moralidad como un conjunto de ideales platónicos dados por un creador.

Si bien NOMA puede ser una forma de reconciliar las tradiciones religiosas y los descubrimientos hechos en nuestro intento de comprender el Cosmos que evidentemente las contradicen, no es más que una disonancia cognitiva que contradice a los hechos históricos y epistemológicos. Lo cierto del caso es que mientras más aprendemos, más nos damos cuenta de que las religiones fueron nuestro primer—y peor—intento de responder a las preguntas grandes de la existencia humana; de buscarle un sentido a nuestra vida y de enfrentar nuestros temores – especialmente a nuestro temor a la muerte. Allí es en dónde radica su valor.

Richard Feynman, uno de los más eminentes físicos que el mundo haya visto, tenía una descripción muy simple de lo que es la aventura científica: “La ciencia es aquello que hacemos para evitar engañarnos a nosotros mismos.” Creer que ciencia y religión no se traslapan, que hablan de cosas diferentes o que se complementan una a la otra es precisamente engañarnos a nosotros mismos; si creemos que la ciencia no tiene absolutamente nada que decir sobre la “dimensión espiritual” (a falta de un mejor término) del ser humano o si creemos que es un conjunto de datos “fríos” es porque no hemos llevado al conocimiento científico hasta sus últimas consecuencias o simplemente no conocemos los últimos avances de la misma y los emocionantes debates filosóficos que está generando.

Pero eso es tema para un próximo artículo.

Este artículo fue publicado originalmente en Plaza Pública el 7 de junio de 2012.

Jun
08

La curiosidad no mató al gato.

Es obvio que nadie nace sabiéndolo todo. De igual manera, nadie nace dudándolo todo. Nadie nace siendo escéptico; eso requiere de ciertos conocimientos sobre la realidad y de mucho esfuerzo.

Los niños, sin embargo, están bastante cerca de serlo. Son pequeños científicos en potencia. Son muy curiosos, como pequeños “interrogadores en serie” que parecieran no comprender el concepto de la regresión infinita que a tantos grandes filósofos (y otros no tan grandes) ha mortificado. Los niños quieren saberlo todo; un día preguntan por qué la grama es verde, y al otro quieren saber de dónde salió todo lo que existe. Sin embargo, en algún momento la curiosidad se muere.

La culpa es de muchos adultos que olvidaron lo que es llegar a este planeta sin haberlo pedido y querer saber cómo funciona. Estos adultos comienzan a demostrar su irritación con el vendaval de preguntas que hacen los niños y en lugar de fomentar esa curiosidad, hacen creer que preguntar tanto es malo. En nuestra cultura decimos, incluso, que “la curiosidad mató al gato”. Yo fui muy afortunado. Mi abuelo era científico y en mi familia siempre aplaudieron mis interrogatorios en serie. Si sabían la respuesta, me la explicaban con toda la paciencia y claridad del caso. Si no la sabían, me tomaban de la mano y me llevaban hasta la librera, de donde tomaban el libro relevante, buscaban la respuesta y luego me la transmitían. Había ocasiones en las que preguntaba cosas para las cuales no existía respuesta. En ese momento no lo veía, pero esas preguntas eran las que me iban a enseñar más cosas sobre la realidad.

Inevitablemente pregunté: “¿Y cómo saben que todo eso es cierto?” Fue así que me enteré de que existen unas personas llamadas “científicos”, que encuentran las respuestas a las preguntas que yo hacía y que constantemente siguen buscando respuestas para muchas otras interrogantes que aun no la tienen. Precisamente el hecho de no tener todas las respuestas es lo que los inspira a seguir buscando. El hecho de no poder tener una certeza absoluta, hace que cuestionen sus propias respuestas. Esta empresa humana por conocer cómo funciona el Universo se llama “ciencia”.

Quedé fascinado.

Mientras otros niños salían a la calle a jugar futbol, yo veía en la televisión a un hombre que vestía un cuello de tortuga rojo debajo de un saco de corduroy café, quien me explicaba, por ejemplo, cómo hace 2,300 años, un genio griego llamado Eratóstenes midió la circunferencia de la Tierra usando solo unas sombras y su materia gris. Su nombre era Carl Sagan, y junto con otras personas claves en mi vida, fueron los responsables de que el niño interrogador en serie no muriera.

Menciono todo esto porque funcionamos en base a creencias. Estas no son cosas aisladas, que se dan en un vacío social y cultural. Traspasan la materia ósea de nuestro cráneo y emergen en el mundo exterior en forma de acciones. Son las que nos impulsan a actuar de una manera y no de otra. Solemos identificarnos personalmente con nuestras creencias, como si fueran una extensión natural de nuestro “ser”. Eso hace que muchas veces sea sumamente difícil deshacernos de ellas, porque equivale a deshacernos de una parte de nosotros mismos. Si nuestra creencia es equivocada o nuestra idea es defectuosa, entonces somos nosotros los defectuosos. Cuando alguien nos cuestiona, nos insulta personalmente. No es nuestra culpa, así diseñó nuestro cerebro la selección natural. A Einstein se le atribuye haber dicho, con sobrada elegancia, que aparentemente es más fácil destruir un átomo que un prejuicio.

Pero no es imposible. Tenemos a nuestra disposición varias herramientas para destruir los prejuicios y las ideas equivocadas que llevan a la superstición, estupidez e intolerancia abundantes en nuestro país (y en el mundo). La única cura para estos males es el conocimiento. Nuestros principales obstáculos son la irreflexión, la ignorancia y el dogmatismo. La mejor manera de vencer a la irreflexión es la filosofía; la mejor manera de vencer a la ignorancia es la ciencia. Juntas invitan al escepticismo y vencen al dogmatismo. Will Durant decía que las ciencias son las ventanas a través de las cuales los filósofos ven el mundo. Mientras más limpias las tengamos, tomaremos mejores decisiones y encontraremos mejores soluciones a nuestros problemas personales y sociales. La curiosidad no mató al gato, solo lo hizo más inteligente.

Este artículo fue publicado originalmente en Plaza Pública el 31 de marzo de 2012.

Apr
13

Adiós, Hitch…y gracias por todo.

La mañana del 16 de diciembre del año recién acabado me encontraba en el aeropuerto de Fort Lauderdale, a punto de salir rumbo a Port Everglades para abordar el crucero en el que mi esposa y yo pasaríamos nuestra luna de miel. Mientras hacía fila en el counter de Alamo para devolver el carro que habíamos alquilado para movilizarnos durante la semana, me conecté con mi teléfono a la red inalámbrica del aeropuerto. Docenas de notificaciones y correos comenzaron a entrar rápidamente. Pero una de ellas, de CNN, me dejó estupefacto:

Breaking News: British journalist Christopher Hitchens dies after a battle with cancer, Vanity fair reports.

Christopher Hitchens, o “Hitch”, como se le apodaba cariñosamente, había sido diagnosticado con cáncer esofágico en junio de 2010 y en los dieciocho meses posteriores, el semblante de Hitchens se deterioró rápidamente hasta ser casi irreconocible. Mientras su aspecto físico parecía indicar que el fin estaba muy cerca, su característica lucidez  mental y su elegancia al hablar o escribir, que continuaba demostrando en cada nueva columna o en cada nueva aparición pública decían lo contrario. Tal vez por negación, pensé que todavía tendríamos Hitch para rato. Lamentablemente, estaba equivocado y la noticia me cayó como un balde de agua fría. No tuve la dicha de conocerlo en persona, pero sí a través de su ardua y extensa defensa de la razón, la ciencia, la honestidad intelectual y la libertad; y de sus constantes esfuerzos para combatir la epidemia mundial de la estupidez en todas sus formas y mutaciones.

Y ahora, ya no estaba con nosotros.

Hitchens nunca tuvo pelos en la lengua para decir las cosas como las pensaba, y todo parecía indicar que las pensaba en oraciones y párrafos perfectamente estructurados.  Verlo hablar detrás de un podio, o incluso en una entrevista informal era realmente un deleite para el intelecto, y en muchos casos, una invitación para observar cómo nuestras convicciones más profundas eran totalmente destrozadas delante de nuestros ojos. Richard Dawkins escribió sobre él: “Si alguna vez te invitan a debatir con Christopher Hitchens, no aceptes. Sus ingeniosos comentarios, su fácil acceso a su repertorio mental de citas históricas, su libresca elocuencia, su fluidez de palabra…amenazarían tus argumentos, incluso si tuvieras buenos argumentos para lanzar.” Y todo esto era cierto. Hitchens te aplastaba con hechos y con su retórica te daba la estocada final.

Por haber estado de viaje, no pude escribir nada en su momento, aunque tenía toda la intención de hacerlo. Incluso cuando regresé, me senté frente a la computadora y no logré escribir algo que valiera la pena. Creo que era el shock y la tristeza de haber perdido a uno de mis mentores intelectuales y, por qué no decirlo, de vida. Hoy, 13 de abril de 2012, Hitch estuviera cumpliendo 63 años y seguramente seguiría luchando en contra de la estupidez humana. Que lástima que se fue tan pronto. Pero cómo el mismo Hitchens dijo alguna vez: “vivo…si no, precisamente para reproducir mis genes, para tomar parte en actividades que puedan permitir que esos genes sean reproducidos”. El doble sentido de la frase es genial.

Adiós, Hitch…y gracias por todo. O Parafraseando un poco a Douglas Adams: “So long, and thanks for all the Hitchslaps!

Mar
21

Una vida mejor…

Hace unas semanas, un fotógrafo y cineasta neoyorquino llamado Chris Johnson comenzó un ambicioso y necesario proyecto: publicar un libro que cuente las perspectivas sobre la vida de 100 personas ateas u agnósticas – famosas o no – acompañadas de hermosas fotografías. La meta del proyecto es, como lo dice el mismo Chris Johnson en su página:

[...] hacer desvanecer la falsa idea de que las vidas de los no-creyentes son de alguna manera vacías y carentes de significado. Esta idea no sólo es falsa, sino que también es dañina. Lastima a aquellos que tienen miedo de “salir del clóset” como ateos porque se sienten atemorizados por lo que sus familias o amigos pueden pensar. Espero que este libro les llegue y les sirva como inspiración.

Aquí les dejo el video promocional.

Entre las personas que ya confirmaron su participación están:

    • Derren Brown, ilusionista
    • Alex Honnold, escalador
    • Dr. Steven Pinker, científico cognitivo/autor
    • PZ Myers, biólogo evolucionista
    • Dr. Daniel Dennett, filósofo/científico cognitivo
    • Dr. Lawrence M. Krauss, físico teórico/autor
    • Matt Dillahunty, presentador de The Atheist Experience
    • Dr. Michael Shermer, científico cognitivo/fundador de Skeptic Magazine/autor
    • Matthew Chapman, director y escritor de cine
    • Julia Sweeney, comediante
    • Dr. Steven Novella, neurólogo
    • Chris Mooney, presentador de Point of Inquiry/autor
    • Dr. Patricia Churchland, filósofa
    • Dr. Carolyn Porco, científica planetaria
    • D.J. Grothe, presidente de JREF
    • Beth Presswood & Lynnea Glasser, podcast Godless Bitches
    • David Silverman, presidente de American Atheists
    • Brian Dunning, presentador del podcast Skeptoid
    • Roy Speckhardtdirector ejecutivo de American Humanist Association

Para poder hacer realidad el proyecto se necesitan de $95,000 para cubrir los costos de viajes para visitar los hogares de estas 100 personas y la manufactura del libro final. Para este fin, Chris Johnson abrió una página en Kickstarter, un sitio dedicado a recaudar fondos de una manera segura y confiable para cualquier tipo de proyectos. Creo que esto es algo que cualquier persona – atea o no – debería de apoyar.

Mar
21

Y siguen los escándalos…

Tras esta seguidilla interminable de historias sórdidas sobre la Iglesia Católica, pareciera que ya no deberíamos de referirnos al tema como el escándalo en el que está metida la Iglesia Católica, sino el escándalo que es la Iglesia Católica. Recientemente salió a luz que en Holanda, en la década de los 50, al menos una decena de menores de edad fueron castrados en centros psiquiátricos católicos por supuestas conductas homosexuales o por haber denunciado abusos de parte de algunos miembros del clero.

¿Qué más se necesita para que un católico abandone esta sórdida institución y deje de apoyarla monetaria y moralmente?

Ya veo venir la respuesta…

“Es que en esa época, la castración era una práctica normal…hay que juzgar de acuerdo al contexto de la época…” Parece exagerado, o incluso una burla de mi parte, pero esta es la misma explicación que el mismo Joseph Ratzinger ha dado sobre los casos de pederastia y que el arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach dio sobre el robo de niños en España para ser vendidos. Me atrevo a decir que no ha habido ninguna institución más desconectada de la realidad y más equivocada sobre asuntos morales que la Iglesia Católica y que al mismo tiempo sea tan respetada, venerada y defendida por tantos millones de personas. Su único rival en este aspecto, podría ser el Islam. Así que repito la pregunta:

¿Qué más se necesita para que un católico abandone esta sórdida institución y deje de apoyarla monetaria y moralmente?

Mar
19

Ann Druyan habla sobre la vida, el Universo y…Carl Sagan

Ann Druyan fue la pareja de Carl Sagan durante las dos últimas décadas de su vida. Mientras estuvieron juntos, Druyan participó activamente en muchos de los proyectos de Sagan. Fue, por ejemplo, co-autora de varios libros con Sagan, entre los que se cuentan Comet, Shadows of Forgotten Ancestors y algunas secciones de The Demon-Haunted World. Editó The Varieties of Scientific Experience – una re-publicación de sus Conferencias Gifford en la Universidad de Glasgow. Formó parte del equipo de escritores de la inmortal serie de televisión Cosmos y produjo la adaptación cinematográfica de Contact, el único trabajo de ficción publicado por Sagan.

En noviembre de 2003, Druyan escribió un artículo para la revista Skeptical Inquirer sobre ciencia y religión, y la forma de ver ambas a través de los ojos del naturalismo. El texto es hermoso, elegante y extraordinario, y vale la pena leerlo en su totalidad. Sin embargo, quiero resaltar un fragmento que me parece que encapsula perfectamente la forma en la que muchos naturalistas apreciamos la vida y la proveemos de sentido internamente con nuestras propias reflexiones, conocimientos y experiencias. Expresa de una forma muy poética que no sólo una deidad externa es completamente innecesaria para proveer sentido a nuestra existencia, sino que también trivializa enormemente la realidad de esa misma existencia. En el último párrafo Druyan escribe:

Cuando mi esposo murió, porque era muy famoso por no ser creyente, muchas personas se me acercaban – todavía me sucede algunas veces – y me preguntaban si Carl había cambiado al final y se había convertido a la creencia en una vida después de la muerte. También me preguntan frecuentemente si creo que lo volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con infatigable valentía y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia era que ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Nunca he esperado volver a reunirme con Carl. Pero, lo más grandioso es que cuando estuvimos juntos, por casi veinte años, vivimos con una vívida apreciación de cuán corta y cuán preciosa es la vida. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era alguna otra cosa diferente a un último adiós. Cada momento que estuvimos vivos y que estuvimos juntos fue milagroso – pero no en el sentido de haber sido inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que habíamos sido beneficiarios del azar…Que el puro azar haya sido tan generoso y tan amable…Que nos pudimos encontrar, como Carl escribió de forma tan hermosa en Cosmos, sabes, en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…Que hayamos podido estar juntos por veinte años. Eso es algo que me sostiene y que es mucho más significativo…La forma en la que me trató y la forma en la que yo lo traté a él, la forma en la  que nos cuidábamos el uno al otro y cuidábamos a nuestra familia, mientras vivió. Eso es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. Creo que no volveré a ver a Carl nunca más. Pero lo ví. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso.

Sí, la muerte es muy dolorosa y muy difícil de enfrentar. Pero es una pena que se desperdicien tantos esfuerzos en buscarle un significado a la vida y la muerte en ilusiones, cuando todo lo que necesitamos está en nosotros mismos y en las vidas de otras personas que se entrecruzan con la nuestra “en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo.” La pregunta no es si hay vida después de la muerte, sino si hay vida antes de morir.

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